Reagendado su estreno para este 23 de enero, Pacto de fuga llega los cines chilenos con una apuesta que a pesar de insertarse en lo que fue la dictadura, hace prevalecer el suspenso y la acción en una cinta que a pesar de conocer el final, nos mantiene fijos y atentos al desarrollo de los hechos.
Con una escena inicial que nos ubica al comienzo de lo que se conoció como Operación Éxito, la película nos muestra los tres principales encargados de llevar a cabo esta misión. León Vargas (Benjamín Vicuña), Rafael Jimenez (Roberto Farías) y Germán Sánchez (Victor Montero).
Mientras el personaje de Farías representa la fuerza y el apego irrestricto a las creencias, el personaje de Montero aporta la unión y el sentimentalismo, y por otro, el de Vicuña representa la seriedad de una mente maestra tras el plan. Es aquí durante estos primeros minutos donde hallamos un bache, dado que en principio la actuación de Vicuña en el intento de darle la mayor seriedad a su personaje, puede ser algo chocante ante una suerte de exageración, pero que poco a poco se va distendiendo hasta llegar a la naturalidad y una dinámica fluida entre los personajes.
El juego de los planos y la luz sacan el máximo provecho del escenario, mostrándonos el hacinamiento, la prisa por volver a ser libres, y los inconvenientes propios de la época y las características del país. Los diálogos son acertados y naturales, las acciones se van dando con un ritmo lineal, pero que en ningún momento aburre e incluso las dos horas ni siquiera se sienten al darse cuenta que la película ha llegado a su fin.
Así, desde una puesta de escena impecable, su música y un elenco veterano, Pacto de fuga es una película que combina la historia y la acción en una la mezcla precisa para transformar al espectador en un testigo y recluso más a la espera de la ansiada libertad.
Una espectacular representación cinematográfica de una gesta épica y heroica, como fue la fuga masiva (enero de 1990) de los presos políticos que lucharon contra la dictadura de Pinochet. Película muy entretenida y bien realizada, buenas actuaciones, estupenda musicalización y gran ritmo (a veces, demasiado acelerado) tal vez con abuso de primeros planos y cámara nerviosa, que casi no da pausas para la reflexión.
No es una película política, en sentido estricto (ni pretende serlo), aunque está correctamente contextualizada en un momento histórico muy particular. Es cine del género carcelario, con los códigos hollywoodenses actuales.
Este tipo de cine es poco o nada habitual en Chile. Aplausos a sus productores y dirección, que se atrevieron con una apuesta arriesgada y salir del típico cine intimista y de temas emergentes, propio del cine chileno.